Samsara, de Christian Black

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Hace días que terminé la novela (la primera versión) y, la verdad, me supo a poco. Es una novela excepcional en la que se ve el duro trabajo de un escritor que ha ido madurando poco a poco. Es cierto que, por su original forma de presentarla, puede hacerse un poco difícil de seguir para algunos. ¿Y cómo la presenta? En breves escenas que se van ampliando según avanza la historia. O más bien las historias, ambientadas todas en una época distinta: 1648, 1669, 1892 y en la actualidad. Son historias diferentes, perfectamente enlazadas  que te dejan muy buen sabor de boca.

Lo que más me ha gustado es que se ha visto un gran trabajo de investigación, y más teniendo en cuenta que nos lleva en un viaje que abarca de Constantinopla a Edimburgo, pasando por Damasco, la estepa mongola, el San Petersburgo de los zares, el actual y el Londres victoriano e, incluso, nos lleva en un breve viaje a la poderosa China, que mantiene ocultos sus secretos a los occidentales. Si tuviese que calificar la novela con una palabra, sería exótica. Y su exotismo crece con las licencias que el autor se toma para recrear las ciudades, palacios, casuchas y mercados. A mí me ha encantado.

Los personajes también han tenido un duro trabajo previo y se nota. El frío y despiadado asesino a la orden de Valide Sultan pero que cuando se aleja de ella se convierte en un hombre encantador; el apasionado Ayhan que ve cómo su mundo se desmorona tras ser traicionado por la mujer que ama y que, poco a poco, va recuperando la sonrisa al lado de Borte, una mujer fuerte y decidida a la que no le tiembla la mano a la hora de tomar las riendas de su vida y, todo hay que decirlo, su mérito es mayor porque es muda; Dima y Nadia son una pareja muy tierna, en la que quien lleva los pantalones es ella y el autor lo deja muy claro desde la tercera escena. No hablaré de la última historia porque Christian me dijo que sería muy diferente en la cuarta y última novela. Todos estos personajes siguen un camino que la familia les ha marcado desde la infancia: eliminar a los Tikrit de la faz de la Tierra. ¿Y qué han hecho para merecer tan cruel castigo? Eso no puedo contarlo porque destriparía la mitad de la historia.

No he encontrado ningún personaje difuminado y eso me ha gustado mucho, porque suele suceder que, cuando te descuidas, te meten un personaje poco elaborado como pilar de la historia y se acabó lo que se daba. Christian Black tiene la habilidad de crear personajes muy creíbles con los que compartes cada sonrisa, cada lágrima y cada suspiro. Eso es muy difícil de encontrar. La novela tiene defectos, claro, como cualquier novela que no pasa por los filtros habituales de una editorial (y aun así hay que ver lo que se lee a veces), pero cuando publique la versión definitiva, sin duda la recomendaré a mis amigos.

Algo que me ha gustado de su escritura es que no se detiene en florituras. Yo, como lector, no necesito descripciones detalladas de las personas o paisajes y Christian Black, como escritor, no te aturde con ellas. Va dando pinceladas y, generalmente, vienen de los ojos de los personajes que están en la escena. Que si una cortina de terciopelo rojo, que si un azulejo con intrincados dibujos en azul y blanco, que si un escalón de piedra desgastado, etc. Con los sentimientos y emociones de los personajes hace lo mismo: o bien lo expresan con palabras, o bien con gestos que va describiendo en la escena. Que nadie espere que le mastiquen las situaciones o emociones, porque Christian no es de esos escritores.

Es una pena que el autor la considerase un fracaso, porque es una novela magnífica. Si tuviese que darle una nota, sería un 9.

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Mehmed es uno de los más letales asesinos a las órdenes de Kösem Sultana. Su entrenamiento como jenízaro le abre las puertas de la Corte y sus acuerdos con la Reina Madre las del infierno. Harto de esa vida y persiguiendo un amor del que se separó años atrás, abandona Constantinopla y se dirige al lugar donde cree que se encuentra esa persona. A lo largo del camino deja infinidad de cadáveres, pero a pesar de su frialdad, de la poca importancia que le da a la vida, salva a una joven prostituta y la convierte en su compañera de viaje y, con el tiempo, en su amante. Sin embargo, la suya es una unión que nunca debería haberse dado, ya que con ella se inicia un legado sangriento que se extenderá cuatrocientos años.

De Grecia a Estambul, de Estambul a Damasco, de Damasco a Kazajistán, de Kazajistán a Mongolia… durante cuatrocientos años, los descendientes de Mehmed dedican su existencia a exterminar a los de los enemigos del jenízaro, convirtiéndose en asesinos silenciosos y letales que mantienen vivo el legado de sus ancestros a pesar de que sus enemigos ni siquiera recuerdan su existencia.

Soledad

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Silencio.

Si cierro los ojos puedo sentir tu presencia. Sí, es cierto, no estás aquí, pero quiero fingir que entrarás por la puerta en cualquier momento. Quiero creer que tus pasos sigilosos te conducirán a mi cama y por eso espero.

Paciente.

Dispuesto.

Querida Elliette

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Hermosa, casi tanto como una diosa. Casi. Las diosas son perfectas, pero tú no. Tú, mi querida Elliette, eres el ser más imperfecto que me he encontrado jamás y ni siquiera tu belleza puede ocultar lo miserable que eres, la basura que tratas de esconder tras esas falsas sonrisas y esa voz dulce. Tú, querida Elliette, eres una zorra. Pero eres mi zorra. Mía. Tu piel, tu olor, tus falsas sonrisas, tu miseria, tu  basura son míos. Porque tú, querida Elliette, tienes lo que yo deseo y porque yo, mi querida Elliette, no soy mejor que tú.